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Historia escrita por mí.
No tiene nada que ver con el fútbol, pero me gustaría que la leyerais y me dierais vuestra opinión.
7:00 a.m.
Llaman a mi puerta varias veces:
-¡Despierta, vas a llegar tarde!
¡Oh, será mejor que me levante ya no sea que vaya a llegar tarde y se acabe el mundo! Me encanta ser tan irónico, al menos de pensamiento.
De repente viene a mi pensamiento…ella. Ya no hago más el remolón en la cama y me levanto, con esa sonrisa y esa cara de atontado que se me pone cuando pienso en ella, menos mal que no me ve nadie. ¡Qué gran invento el de las puertas! Me río de mi propio pensamiento y me dirijo al armario a escoger la ropa que voy a ponerme. No hay mucho donde escoger y aunque lo hubiera, dudo mucho que usara algo más que un par de vaqueros y unas pocas camisetas.
Preparo la mochila, algo rápido y sin mirar muy bien los libros que cojo, y voy al baño a hacer un vaciado de líquidos urgente. Me miro al espejo. El mismo de siempre, como si de verdad esperara haber cambiado durante la noche. Me lavo la cara con una abundante cantidad de agua, demasiado fría para mi gusto, pero como mi madre me recuerda a menudo: “¡No vivimos en una suite de ningún hotel!”.
Desayuno un par de tostadas y un zumo de naranja, o eso es lo que pone en el brick, a mí me parece más agua con la que has fregado una casa entera.
Digo adiós a mi madre, o al menos esa es la intención, pues de mi boca sale sólo un ligero murmullo indefinido, y salgo de casa. A mis espaldas oigo en la lejanía que, desde una ventana, me gritan e insultan, nada a lo que no esté acostumbrado.
8:00 a.m.
Estoy ya cerca del instituto, empiezo a ponerme un poco nervioso, no, noto algo en el estómago, pero no son nervios.
¡La veo! Está esperándome como siempre, en la puerta, con sus amigas y con mi mejor amigo. Ella lleva puesto los vaqueros que me gustan (apretados sin llegar a ser ceñidos) y que le marcan unas piernas y un culo de escándalo, y la camiseta que le regalé (también es algo ajustada sin resultar ceñida) y que le hace un pecho bonito y seductor, sin resultar provocativo. Ella me ha visto, nuestros ojos se miran directamente los unos a los otros, y es así como recorro los últimos metros hasta ella, mirándonos sin pestañear. Llego junto a ellos y nos besamos, un beso intenso y placentero pero sin resultar largo, luego saludo a los demás.
Nos dirigimos ya a la primera clase, separados (ella va a una clase con sus amigas y yo voy a otra con mi amigo).
La primera clase de la mañana es Historia, sí, sí, lo sé, nada mejor para despejarse que una clase de Historia…
Mi amigo y yo nos pasamos la clase haciendo chistes con el profesor, un hombre mayor y de aspecto raquítico, la mayoría son de mal gusto, pero eso nos mantiene despiertos y entretenidos.
9:00 a.m.
Suena el timbre y nos dirigimos a nuestra próxima clase: Latín.
Por el pasillo la busco, pero no la encuentro, a veces nos cruzamos y es la excusa perfecta para llegar tarde, pero esta vez no tendré excusa.
La profesora está sentada, es una mujer joven, bromista, me cae bien.
Cuando entro digo mi broma de siempre: ¡Chicos, prestad atención a la clase de hoy que seguro que aprenderéis muchas cosas que os servirán en el futuro!
La profesora me mira de forma inquisitiva, pero en el fondo de sus ojos veo esa chispa que indica que no está enfadada, sonrío y me siento al final de la clase.
Es curioso: siempre me burlo de que el latín no sirve para nada, que no tiene futuro, pero a pesar de ello es una de las asignaturas que más me gusta; en parte, porque me paso las clases discutiendo de forma amistosa con la profesora y porque nos pone vídeos educativos una vez a la semana que sirven para echar una cabezada, hoy es un día de esos, así que…buenas noches.
Algo impacta en mi cabeza, me la toco y tengo polvo blanco: tiza. Meneo la cabeza en todas direcciones buscando al culpable. Me lo esperaba, la profesora tira una tiza al aire y la recoge varias veces para que me entere de que ha sido ella. Es la primera vez que me pillan.
-¿Un vídeo muy interesante, verdad? – me pregunta.
-Ehm…bueno…¡Sí…desde luego! – respondo de forma patética y poco convincente.
-¿De verdad? ¿Y qué es lo que más te ha gustado?
-Bueno…pues… primero estaba esa parte que…sí, esa ha estado bien…y…esa otra que…¡Buf, esa ha sido genial!
Suena el timbre (salvado por la campana).
10:00 a.m.
Salgo apresuradamente de la clase para no tener que responder más preguntas.
De nuevo la busco por los pasillos, pero esta vez la veo, de espaldas a mí, está a punto de entrar a clase, puede que tenga tiempo de saludarla, me acerco rápida pero sigilosamente a ella, y justo cuando va entrar en clase le doy una palmadita afectuosa en el culo, ella se gira y me sonríe, pero no hay tiempo para más, yo debería estar ya en mi clase de Inglés.
Llego el último, pero no demasiado tarde, y, como siempre, me voy al fondo.
Esta clase no la trago, la profesora parece un buitre, esperando a que desfallezcamos del aburrimiento para atacar y despedazarnos.
Para colmo, empezamos con el apartado de literatura, lo que implica tener que leernos una obra de Shakespeare. Seguramente elija Hamlet:
“El mundo está desquiciado, ¡vaya faena haber nacido yo para tener que arreglarlo!.”
La clase acaba sospechosamente rápido, eso es bueno, menos tortura para mí.
11:00 a.m.
Si hay algo bueno que tienen estos institutos de los suburbios, es que nos dejan una hora para el almuerzo, es demasiado tiempo, llega a resultar aburrido, pero es un alivio.
Normalmente no almuerzo, me paso el patio con mis amigos, alejados de los demás. Me siento en un banco, y espero a que ella venga, se siente encima de mi, yo la abrazaré por debajo del pecho y apoyaré mi cabeza en su hombro derecho, como hago siempre, y así pasaremos toda la hora.
12:00 p.m.
Se me acaba lo bueno, decido acompañarla a su clase y allí me despido de ella. Esto conlleva llegar tarde a clase de Matemáticas y su respectivo castigo, pero pienso que me da igual, ni por todos los castigos del mundo dejaré perder una oportunidad de estar juntos.
Me paso la clase sin prestar atención y garabateando su nombre por cada centímetro del libro.
Nada más es destacable en esta clase, salvo el ligero parecido del profesor con un orangután, pero ya estamos acostumbrados a ello. Puede que un día le regale una banana.
1:00 p.m.
Última clase del día: Educación Física. ¡Sí señor, con un par, a correr bajo el sol abrasador de junio a la 1 del mediodía!
Bebo una cantidad de agua bastante grande para no deshidratarme.
4 Km. no es que sea una distancia muy pesada, pero con estas condiciones climatológicas es bastante duro.
Acabo el primero, tengo buenas condiciones físicas para este tipo de carreras, el profesor ni me mira ni me felicita, sentimos bastante indiferencia el uno por el otro. Sin decir nada me dirijo a los vestuarios y me ducho.
Cuando salgo de la ducha todavía hay gente corriendo, gente que parece que en cualquier momento va a desmayarse por una deshidratación. El profesor los mira, justo a estos, hay un brillo de maldad en su mirada, disfruta haciéndonos sufrir.
Me enteré de que le tiraron del ejército por tener problemas con la bebida, era instructor y se presentaba todas las mañanas ebrio. No sé como acabó aquí y tampoco me interesa.
2:00 p.m.
Salgo del gimnasio y me dirijo a la puerta, y allí está ella, esperándome. Al igual que el principio del día no dejamos de mirarnos hasta que llego a ella y nos besamos.
Vamos a salir, rodeo su cintura con mi brazo, es algo difícil teniendo ella puesta la mochila, y le pregunto como le ha ido el día.
Dice que ha sido un día largo y pesado, yo le digo que el mío igual, no hablamos mucho en estos momentos de camino a casa, estamos en silencio, no en un silencio incómodo del que sales con una frase absurda, un silencio cómodo, placentero.
Me despido de ella en una esquina, una despedida corta, quizás demasiado, pero bueno, a la tarde iremos a pasear, ya habrá tiempo para otras cosas.
Llego a casa y como. Alitas de pollo, pilladas de un puesto de comida rápida. No nos da para más, por lo visto. Me echo a dormir la siesta.
7:00 p.m.
Cuatro horas de siesta, no está nada mal. Si fuera asignatura del instituto sacaría matricula de honor y tendría una beca para la mejor universidad del país.
Me meto en la ducha, me ducho con agua fría para despejarme, y me pongo bien guapo, bueno, no puedo hacer milagros, pero quedo bastante bien.
Le digo a mi madre que no me espere despierta.
8:00 p.m.
Llamo a la puerta y espero, me recibe su padre, nunca le he caído bien, dice que tengo pinta de delincuente. Yo le respondo muchas veces con frases del estilo: “¿Sigue su coche en el sitio?” o “¿Echa de menos algún objeto valioso?” Él se pone nervioso y yo me río con una sonora carcajada, me lanza una mirada severa y cuando va a insultarme siempre aparece ella por detrás, le da un beso en la mejilla y nos vamos. Entonces le lanzo un guiño a su padre que interpreta como una burla y se enfada más, me encanta hacerle enfadar.
Paseamos cogidos de la mano, un largo paseo: pasamos un parque, una plaza, la vieja vía del tren…
10:00 p.m.
Entramos en un McDonald’s a cenar, no es mi idea de perfecta cita romántica, pero es lo máximo que me puedo permitir. Sé que no te mereces esto, princesa, te mereces mucho más, pero me alegro de que te conformes con tan poco y me hagas feliz.
Cuando acabamos me dispongo a acompañarla a casa, así que le vuelvo a coger la mano.
11:00 p.m.
Llegamos a su casa, pero no entra, nos esperamos fuera, levanto la mano derecha y la dirijo hacia su mejilla, con el dedo pulgar la acaricio, suavemente, y poco a poco acerco su cara a la mía, con la mano izquierda cojo su cintura y nos fundimos en un largo beso. Que este momento no acabe nunca, que el calentamiento global derrita los polos y se acabe el mundo ya mismo, y si tiene lo que hay que tener nos separe. No, no podrá.
Vale, ha podido, nos separamos y ella dice con su suave y dulce voz:
- Será mejor que entre ya o mi padre me matará, es una lástima que no podamos estar más rato…
Sí, es una lástima…
Es una lástima que jamás te haya dicho lo que siento.
Es una lástima que esto jamás haya ocurrido porque no he tenido el valor suficiente.
Es una lástima que no tenga nada en los bolsillos en estos momentos y note el frío metal de una pistola en mi frente mientras estoy de rodillas en el suelo.
Es una lástima ser un negro en un barrio de blancos, un negro que dentro de nada dejará de ser un nombre para convertirse en un número, un dato más, un simple caso de delincuencia juvenil que quedará sin resolver.
Es una lástima que piense en ti en este momento y tú no vayas a saber que lo hacía, porque dentro de nada una bala de calibre 9 Mm. va a perforar mi sudorosa cabeza.
Es una lástima que jamás sepas que te amaba…
Espero que os guste,o que por lo menos la leais ;)
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Por max_payne en Albelda estará un mes de baja
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